Ya estando las cosas como estaban lo único que podía hacer era agarrar mis cosas y salir corriendo. Eso fue exactamente lo que hice, me ocupé de que lo esencial estuviese en el bolso y con una despedida corta y apurada me fui.
Anda a saber por qué uno ruega en este tipo de situaciones, no es como si bajara el mismísimo Dios del cielo para ponerte en el camino de algún taxi o colectivo. De todos modos lo hacía, aunque en el fondo no creyera que se fuese a cumplir solo porque yo se lo pidiera, ese sujeto no actuaba así.
No hacer seguidamente alguna actividad física era algo irrelevante en mi vida, puede que alguna vez lo haya pensado, y hasta considerado comenzar a algún deporte, pero esas son cosas que después de un rato las dejas pasar. Sin embargo, cada vez que atravesaba este tipo de situación me arrepentía profundamente haber ignorado tan magnífica idea, y es que de no haberlo hecho no tendría el corazón en la garganta después de haber recorrido a penas las dos cuadras; al menos tendría la dignidad de no tambalearme por el mareo. Sí, eso es lo que haría, a penas llegase a casa buscaría un par de ejercicios por internet. Solo antes debía llegar.
En el primer momento en el que me dio por mirar el reloj supe que esto pasaría. En un simple cambio de dígito me vi esquivando a los transeúntes, desafiando a los semáforos y surcando a toda velocidad las calles cuyos nombres no conocía pero aún así sabía de memoria. Podría hacer sido un lapsus de clarividencia porque la imagen que tuve era increíblemente similar a lo que me sucedía ahora.
A veces me daba por culpar: a los autos que no pasaban/ las manillas del reloj aceleradas/ a lo que sea que me entretuvo, aunque en el fondo tenía claro que era yo y solo yo quién se había descuidado lo suficiente como para terminar chocando con lo que parecía ser otro retrasado (y no me refiero a su coeficiente intelectual, sino a que él, como yo, era otro apremiado por el tic-tac de un pequeño aparato). No nos miramos, ni siquiera tuvimos la molestia de recriminarnos la falta de prudencia en aquella vía pública. No había tiempo para eso, de hecho, la falta de tiempo era el causante de todo.
Si había algo que intentaba evitar por todos los medios era subirme a una micro, el hacerlo solo traía molestias e incomodidades que, valga la redundancia- prefería ahorrarme. Sin embargo las cosas no iban a mi favor así que tendría que resignarme.
No, no tenía porqué ser así.
Detuve mi carrera en seco y en un acto de de pura le ordené a no se quién que quería que apareciera un taxi vacío, y que lo quería ahora, sin capricho, sino como algo que naturalmente debía ser.
Puede que en algún momento haya pensado que Dios no bajaría con apariciones escandalosas para cumplir mis ruegos y satisfacerme, pero ya dentro del auto me podía esperar cualquier cosa. Puede que el que realizó mi orden fuera él, puede que no, sinceramente no le doy muchas vueltas a esos temas. Lo único seguro era que algo me había escuchado y había puesto esta máquina frente a mis ojos tal cual lo había imaginado. Lo único que bastó fue levantar el dedo para salir de mi tortura.
En fin, fuesen como fuesen las cosas yo ya iba a mi destino, con el reloj en mi poder y con un milagro que, de seguro, en algún otro momento sabré aprovechar.
A veces me daba por culpar: a los autos que no pasaban/ las manillas del reloj aceleradas/ a lo que sea que me entretuvo, aunque en el fondo tenía claro que era yo y solo yo quién se había descuidado lo suficiente como para terminar chocando con lo que parecía ser otro retrasado (y no me refiero a su coeficiente intelectual, sino a que él, como yo, era otro apremiado por el tic-tac de un pequeño aparato). No nos miramos, ni siquiera tuvimos la molestia de recriminarnos la falta de prudencia en aquella vía pública. No había tiempo para eso, de hecho, la falta de tiempo era el causante de todo.
Si había algo que intentaba evitar por todos los medios era subirme a una micro, el hacerlo solo traía molestias e incomodidades que, valga la redundancia- prefería ahorrarme. Sin embargo las cosas no iban a mi favor así que tendría que resignarme.
No, no tenía porqué ser así.
Detuve mi carrera en seco y en un acto de de pura le ordené a no se quién que quería que apareciera un taxi vacío, y que lo quería ahora, sin capricho, sino como algo que naturalmente debía ser.
Puede que en algún momento haya pensado que Dios no bajaría con apariciones escandalosas para cumplir mis ruegos y satisfacerme, pero ya dentro del auto me podía esperar cualquier cosa. Puede que el que realizó mi orden fuera él, puede que no, sinceramente no le doy muchas vueltas a esos temas. Lo único seguro era que algo me había escuchado y había puesto esta máquina frente a mis ojos tal cual lo había imaginado. Lo único que bastó fue levantar el dedo para salir de mi tortura.
En fin, fuesen como fuesen las cosas yo ya iba a mi destino, con el reloj en mi poder y con un milagro que, de seguro, en algún otro momento sabré aprovechar.
No hay comentarios :
Publicar un comentario