miércoles, 9 de enero de 2013

Más vale tarde que nunca

-Esto es algo que no voy a decir dos veces.
Parecía ser algo que merecía atención, así que me acerqué a la mesa desde la que se hacía el llamado a la convocatoria y me senté en la cabecera, a pesar de ser una oyente más. Mientras tanto papá levantaba la vista y mi hermana detenía la lectura. En dos segundos nos tuvo a su disposición.
Sorprendida por nuestra rapidez procedió a contar lo ocurrido esa misma tarde.
La historia comenzaba con la llegada de mi abuela. Me imagino que llegaba con la cara larga, angustiada y con el doble de arrugas debido a tan malas sensaciones, le decía a su hija que ya no soportaba más, que ya no quería más a mi abuelo en su casa, que era mucho lidiar con su enfermedad como para sumarle a eso sus rabietas. ¿Está segura? le había dicho nuestra narradora, Siempre que se enojan dice lo mismo, pero cuando se reconcilian... Pero nada, esta vez era diferente, era en serio, habían colmado el vaso que yo creía un hueco infinito. Estaba decidido, lo único que faltaba era cruzar el patio que actúa como un intervalo entre ambas casas y lo confrontarlo.
Así hicieron, ambas mujeres se afirmaron bien en el suelo para que mi madre lanzara la bomba que toda una vida se demoró en lanzar. Queremos que te vayas de aquí había dicho. Luego el relato se volvió confuso. Ella alzaba la voz diciendo cosas como lo mínimo que necesita una persona enferma es paz, y tu no se la das, o cómo le dejas de hablar porque no quiere comer, ¡tiene cuatro tumores en el estómago! -incapaz de llamarlo cáncer -, para luego apelar a su razón y preguntarle que qué quería de todos nosotros, si a nadie le hablaba, que porqué seguía ahí, si lo más razonable en ese caso era irse y dejar de ver nuestras caras. Pero eran preguntas sin respuesta, quizás el silencio orgulloso que emanaba por cada espora el único hombre que permanecía erguido en aquella habitación.
Mamá se tomaba sus respiros, recordaba frases en desorden y luego intentaba organizarlas para que sonaran coherentes en su noticia. Su voz no parecía triste, ni decepcionada, sino más bien tranquila y hasta maternal, como quien ve a su hijo cometer un gran error sin poder interferir porque ya aprenderá, porque tiene que hacerlo.
Luego, en la historia, comenzaron los reclamos del aludido, pues si él se iba deberían pagarle los gastos, preocuparse por buscarle un lugar y cumplir otras exigencias de esa índole. Sin embargo, esos eran nada más que deseos rencorosos que no tardarían en ser desmoronados por los recuerdos que mi mamá sacaría a flote. ¿Cómo puede pedirles eso si en su infancia las abandonó tantas veces? Ellas no le debían nada, no después de la miseria en la que las había dejado, si no se habían muerto de hambre era porque mi abuela se hizo cargo de lo que él siempre rehuyó. El recuento hizo lo suyo y él atinó a quedarse callado.
Eres un hombre sano, independiente y auto-suficiente, no nos necesitas y menos si te enojas con todos. Y con esa frase finalizaba su relato.
Entonces, en medio del silencio sepulcral que se había formado tras la charla, es cuando me pregunto qué mierda debería sentir, si debería sentirme triste por él o feliz por el resto de la familia, si soy muy desgraciada al serme casi indiferente, al solo poder pensar que cada uno cosecha lo que siembra y es así de simple, me pregunto si debería darme pena el que desde ahora esté realmente solo.

De todos modos, sea donde sea que esté querré lo mejor para él, porque aunque se se vaya y no sepa qué sentir ante su partida, sé que lo quiero, a él y al recuerdo de una infancia en la que hizo sus detalles.

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