Así es como ha sido desde hace mucho tiempo, ya casi un año. Con todo esto del despertar de la conciencia las cosas se han vuelto bastante locas, y si lo digo yo, que estoy acostumbrada a estas maravillas, imagínate qué piensan los no se saben ni la mitad de la película, para ellos mi núcleo familiar somos la mismísima locura (Entiéndase por núcleo familiar padres y hermanos).
De esta forma nacen las típicas discusiones familiares. Al principio fue con mi abuela, después con su hermana y de vez en cuando con su querido esposo, cuyas disputas, aunque fuesen por separado, eran casi las mismas. Mi madre, quien posee, en estos casos, el don de la palabra, hace buen uso de ellas y las lanza sin distinción -o quizás sí- de cuanto puedan afectar a su interlocutor. Eso es lo que ella llama un chute a la conciencia.
Lo que más me hace gracia es que generalmente tiene la razón, porque ella habla con lo que desde su punto de vista es la verdad, sin filtros ni adornos. Y aunque sea a veces hiriente creo que es bastante sensata. O yo me parezco a ella, lo que no se aleja mucho de la realidad.
Después de un tiempo aprendieron a callar desde el principio -porque de todos modos terminaban resignados y/o sin palabras al final de las diferencias-, y se empezaron a ahorrar las opiniones sobre política, Dios, esas cosillas mini-maravillosas que hacemos mis hermanos, críticas -a lo que sea- y pensamientos auto-compasivos. Aunque habían lapsus en los que comentarios de esa índole se escapaban, entonces mi progenitora comenzaba a apelar al ser interior de quienes habían hablado.
Por otro lado, con mi abuelo nunca hubo caso, él es de las personas que escuchan lo que quieren y solo pudo deducir que estábamos todos locos, incluso mi hermano, a quien me atrevería a decir que es el único al que le profesa cariño.
En estas circunstancias se desarrolló el dos-mil-doce. Y eso que esta es la familia materna, porque de la paterna ni hablar.
Ignoro si todos allá saben sobre nuestra vida, pero lo que es seguro es que la mamá de mi papá sí, porque en una once organizada por ella misma no comimos prácticamente, debido a los azúcares, el flúor y demases. Sus comentarios sarcásticos fueron algo que le desagradaron a mamá, incomodaron a papá y me fueron totalmente indiferentes. Desde entonces no volvimos a su casa, a excepción de su hijo... Hasta antes de ayer, antes de ayer le hicimos la visita de año nuevo, aprovechando el viaje que tenía como motivo original de saludar a mi prima por su cumpleaños.
No tardaron en chocar, mi abuela le había preguntado casi con pena qué sería del futuro de mi hermano, ya que abandonó definitivamente el colegio a fines del año anterior. Entonces estallaron en una discusión aparentemente amistosa y bastante divertida a mi parecer. Vale decir que ninguna se enojó, es más, mi mamá jamás se ha enojado durante estas diferencias. Como siempre, se llegó a nada y terminaron conversando de anécdotas varias hasta que la nuera del lugar recordó que debía decirle algo importante a mi tía.
Me quedé un rato más con mi padre y su madre conversando otras cosas por un largo rato. Al terminar la charla me despedí de ella con ganas de volver, quizás por la escena anterior o quizás porque, esta vez, sí fui partícipe de la charla familiar.
Estas son cosas cotidianas, cosas que me sacan una sonrisa y hasta me inspiran cuando mamá se aísla de los juicios ajenos dejándose llevar, incluso las pocas veces en las que discrepo yo.
Cabe decir que rara vez meto la cuchara en este tipo de diálogos, de todos modos soy una niña y para quienes no me criaron mi palabra no pesa, pero no me molesta para nada, soy más que feliz como espectadora.
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