sábado, 8 de diciembre de 2012

Visita

Llegó de la nada, como siempre hace. La abracé efusivamente, la invité a pasar y nos sentamos en el mismo sillón de cuero sintético que antes había presenciado la misma situación.
Observó el hogar que la había recibido tantas veces con familiaridad, como si no hubiese cambiado mucho -porque en realidad no lo había hecho- y aún así se cohibió, se sentía extraña, como si su presencia incomodara de alguna forma. Mi mamá, quien le tiene especial cariño, se sentó después de ofrecerle un vaso con agua.
Ella había cambiado. Ya no era la que llegaba a mi habitación a contarme las peleas con su abuela, ni la que hablaba incoherencias para reír un rato, ni la que llegó buscando refugio después de haber huido de casa hace casi un año. No. Tenía frente a mí a una adulta prematura. Las relaciones con su familia mejoraron notablemente, y de hecho, por su parte no existen rencores; su pololo cuida de ella -también a la criatura que guarda en el vientre- y ambos buscan donde vivir, su visión de la vida se hizo global dejando a la vista su noble corazón. Sin embargo, su hablar seguía igual, un tanto difícil de entender para mí por su sencillez y sus conectores mal empleados, su niña pequeña seguía intacta a pesar de que podría ser opacada en algunos instantes y su gusto por el anime no se había ido.
Mi mamá hablaba de la maternidad, yo le puse al tanto de mi vida mientras ella escuchaba y poco compartía de sí misma. Pasamos después a las risas ligeras, a los recuerdos que creía olvidados, para luego tomar el tema inicial, el que la había traído de vuelta a Santiago.
Se nos pasó la hora y tuvo que acceder a quedarse por la noche. Nos entretuvimos con anime, así como ella lo hacía desde antes de conocerla -mejor dicho, ella fue mi primer acercamiento a la cultura japonesa y sus series animadas- y conversamos aún más hasta que nos ganó el sueño.
Por la mañana, después de un desayuno de medio día seguimos viendo series entre las constantes llamadas de su novio, hasta que quedaron de juntarse a una hora cercana a la que marcaba el reloj en ese instante. ¡Pero que hombre con más paciencia! Después del almuerzo y un buen baño se fue mi amiga su encuentro. Para entonces habían pasado 3 horas desde él que había llegado al punto común.
Yo la iba a acompañar, pero mis propios planes me lo impidieron. Me resigné entonces a dejarla en la puerta, a abrazarla, a decirle vuelve cuando puedas, y a dejarla ir, porque así como llega, se va.

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