Es horrible levantarme cada mañana con la idea de que debo asistir a clases, de solo pensarlo me duele la espalda. Sin embargo, opté por seguir asistiendo este año solo porque hay gente muy valiosa para mí allí, gente que no he querido dejar sin al menos una despedida. Ellas eclipsan el frío, el sueño, las tediosas obligaciones, los retos, los juicios y las notas.
Las notas. Lo que más odio del colegio es que para ellos soy solo eso, mis notas. Si repruebas, eres tonto, si apruebas por los pelos, eres mediocre, si apruebas con honores, eres inteligente, ¿pero a costo de qué? Lo peor, es que con cualquiera de las tres etiquetas somos infelices, porque para ser aceptado por ellos debes matar tu creatividad, tus dudas, tus opiniones y tragarte todo lo que ellos te imponen por lo menos dos horas al día -a parte de las ocho horas que en la mañana estuviste pegado a la pizarra-. Y en caso contrario, como todos sabemos, ser rechazados es algo que realmente duele.
Opté por seguir asistiendo este año solo porque hay gente muy valiosa para mí allí, gente que no he querido dejar sin al menos una despedida. Ellas eclipsan el frío, el sueño, las tediosas obligaciones, los retos, los juicios y las notas. Ellas son mis amigas, con las cada clase que pretende ser gris ha ido iluminándose gracias a nuestras conversaciones banales, graciosos malentendidos y momentos sentimentales. El colegio, la cárcel ladrona de sueños, me reunió con unas de las personas más importantes que tengo.
Y espero que mis días escolares terminen así, con la misma sonrisa en boca de todos los días... Y ojalá pasando de curso.
Y espero que mis días escolares terminen así, con la misma sonrisa en boca de todos los días... Y ojalá pasando de curso.
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