Amor mío:
Tengo presente que debería comenzar explicando el motivo de la presente
carta, pero hoy pretendo saltarme todo el formalismo y las reglas del lenguaje,
queriendo dejar mis razones para el final.
Disculpa de antemano si divago o si te lleno de palabrería inútil, o si no
soy capaz de hilar como se debe el contenido de la epístola, pues en es estos
momentos no me encuentro cien porciento clara como para hacer uso del don de la
palabra que dicen que poseo.
Te amo, te amo, ¡te amo! Estaré junto a ti hasta el fin de mis días, ¡soy
tuya entera! . . . Te pido perdón si es muy apresurada mi declaración, pero fueron años aguantándome
este sentimiento, y lo único que pide mi ser es confesártelo tanto y más de lo
que sea suficiente.
Sé que mi vida es corta en comparación a la tuya, no obstante, he vivido
mucho, y he jugado sin descanso en lo que algunos llaman la “montaña rusa del
corazón”. ¿Cómo no hacerlo? A veces te acercas, a veces te vas, a veces me
miras por simple reflejo y otras veces con sumo interés; pareciera que me
quieres, y que quieres huir.
¿Sabes? Es inútil esquivar lo inevitable, el destino nos quiso juntar. Por
eso, no lo niegues, solo siéntelo, ven y ríndete a evitar ese punto en el que
nuestros senderos se fusionan.
Puedo adivinar lo que piensas, que esos temas del destino son estupideces y
que te ríes del hilo rojo del que habla esa leyenda tan popular. Te demostraré
que no es así, sino ¿cómo sería tan fácil encontrarte cada vez que desapareces?
¿Cómo tendría esa habilidad nata de descubrir los lugares que frecuentas? Es
tal cual lo lees, la fuerza invisible que maneja al mundo me regala tu
compañía, por eso te sigo, esperando que tú también me sigas.
Le pido por favor a tu sorpresa que no deseche las palabras que te dedico
con tanto fervor, y a tu incredulidad que por lo que más quiera no se ría de mi
inocencia, pues lo único que espero tras haberte resumido nuestra situación es
que te hundas en mi mar de amor, que te ahogues poco a poco hasta quedar de ti
un cuerpo dócil e inmaculado, totalmente a merced de la corriente.
Entonces, tras haberme expresado como correspondía, te invito a conocer a
esta joven que se ama lo suficiente a sí misma como para persistir
incondicionalmente a lo único que la hace feliz: tú.
Estaré en el café al que vas cuando dan las cinco, sentada en la mesa que
siempre ocupas (Sí, amor, tuve la amabilidad de no importunar en tu rutina).
Te espero.
Tu querida Lis.
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